Entre mis preocupaciones más hondas como dirigente político está la de encontrar una fuente de inspiración que nos guíe como pueblo a superar nuestras propias expectativas. Porque si hay algo que no hemos entendido como pueblo, es el hecho de que la salvación de este país es colectiva, es de visión de conjunto, no existe salvación por sectores, no existe posibilidad de salir adelante como nación, si antes no somos capaces de obrar con amor por lo nuestro y temor de Dios.

Ni el “vamos a poner a la argentina de pie” ni el “sí se puede” serán más que frases huecas si cada uno de los ciudadanos de este país no entiende el sentido real por el cual ofrendaron la vida los grandes hombres como Guemes.

Es socialmente aceptado que tanto la revolución de mayo como la revolución por la independencia, como los hechos previos, fueron entre otras cosas procesos de gran connotación bélica, ahora bien, esas revoluciones y esos hechos, no fueron solamente bélicos. La revolución, ¿solo se circunscribe a tomar las armas y hacer la guerra?, ¡pues no! nada hubiera sido la guerra sin visiones y sueños preclaros guiados por hombres con valores.

Entonces, no es la intención de estas breves líneas hacer extensas crónicas históricas, aunque mal no nos vengan, la intención de estas líneas es si poder movernos a la reflexión y terminar en la conclusión sobre lo fructífero de encontrar en hombres como el general Güemes una fuente de inspiración que nos guíe en las encrucijadas de la vida, en las cada vez más terribles y frecuentes circunstancias que asolan el país y a todos nosotros.

Largo sería el relato histórico de las hazañas militares de Güemes desde la toma de un barco con tropa montada, hasta la defensa del norte argentino, pasando por las expediciones al Chaco y las proyecciones de caminos entre el río salado y el bermejo. Odiosas serían las comparaciones entre la rebeldía manifiesta de Güemes contra los abusivos porteños y la pasividad de dirigencias actuales que juran lealtad a un nombre propio antes que a Dios y la patria, sin embargo, como dije antes no es la intención del relato histórico sino un ejercicio de empatía.

Ya que intentar parecernos a los grandes hombres de este país siempre nos ha quedado lejos de tanto idealizarlos, sin ver que solo han sido hombres con valores, con principios. Es que en la sociedad del consumo ser honesto, tener valores pareciera ser cosa de otro tiempo por eso de: “… el que no llora no mama y el que no afana es un gil…” ya nadie muere por amor y mucho menos por amor a lo nuestro. Esas tal vez sean las diferencias más profundas entre los hombres que soñaron nuestro país como Güemes y los hombres de este tiempo, ¡ese es el cambio que debemos experimentar como personas y ciudadanos!

“Morir por la patria es gloria” fue su lema y así terminó sus días con una vértebra rota por un disparo de arma de fuego durante 10 días, ¿cómo de grande sería el amor por el sueño de una patria libre?, que ni siquiera la atención médica prometida por el general español Olañeta que habría salvado su vida lo haría renunciar a ese sueño. El acto de renunciar a su propia vida para salvar a los demás es un acto solo asemejable a la de Jesús, preferir la muerte antes que perder la dignidad o traicionar la palabra empeñada. ¡Cuánta falta nos hacen esas acciones por este tiempo! ¡Cuán diferente sería todo!

Cuánta falta nos hacen los líderes de todos los órdenes que vivan sientan y piensen como sus representados, exactamente como Güemes, que siendo ricos y nobles por nacimiento se hagan gauchos para conducir a los gauchos porque como lo repitió hasta su muerte a aquellos que buscaban comprar su conciencia no exista título más glorioso que el amor de sus soldados y la estima de sus conciudadanos.

En fin, cuanta falta nos hace tomar el ejemplo de Güemes, un hombre que testimonió con su vida el amor a Dios, a la patria y la palabra. Que exaltó la amistad con grandes hombres como Belgrano o San Martín por compartir precisamente antes que los sueños, los valores. Cuanto nos falta comprender que la vida es el honor, que la vida es el recuerdo y que es por eso que hay que en el mundo viven y hay hombres que viven en el mundo muertos.

En el final y mientras escribo estas líneas, un poema atrevido me dicta al oído: Hay sueños que nacen para ser realizados, otros simplemente se desvanecen en el abandono y la confusión, pero aquellos que se lucha sin perder el paso y la disciplina tarde o temprano se vuelven una realidad… Como los viejos robles que fueron testigos de tantos idilios y también soportaron tantas tempestades y después de muchos años vuelven a bañarse con la luz del sol para renacer ante las miradas de aquellos que tampoco abandonaron su sueño…” Así es la causa de la nación, así es el sueño de Güemes, así es mi sueño.