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El balance económico de Alberto, aún ajustado por COVID, da pérdida

Empecemos por el principio. Los objetivos por cumplir, siempre en materia económica, a partir del 10 de diciembre de 2019, eran tres: regularizar la situación de deuda pública de la Argentina, tanto ante los tenedores privados de deuda, como con el FMI (en este caso, con el subproducto de un programa que hubiera podido “anclar expectativas” y aportar fondos frescos a las reservas del Banco Central). El segundo objetivo consistía en estabilizar la macro, después del fuerte cimbronazo sufrido a partir del cierre del mercado voluntario de deuda en abril del 2018, agravado letalmente por el resultado de las PASO de agosto del 2019. El tercer objetivo era crear las condiciones básicas para una recuperación de la actividad económica y el inicio de un proceso virtuoso de inversión y generación de empleo.

De la “herencia recibida” podían enumerarse a favor, un tipo de cambio real en un buen nivel histórico; un monto de reservas líquidas en el Banco Central que, si bien no era holgado, daba margen de maniobra y tiempo para dejar madurar las medidas que se tomaran; una baja monetización real, puesto en castellano básico, “poca plata en la calle”, lo que permitía emitir pesos hasta cierto límite, y pese a ello, lograr una modesta baja en la tasa de inflación, y, finalmente, un déficit fiscal primario muy cercano al equilibrio (si bien más por merito inflacionario que por un verdadero ajuste estructural).

En contra, podían contabilizarse, obviamente, el monto y el panorama de vencimientos de la deuda; una estructura de precios relativos que no incentivaban a la inversión privada (en particular, atraso en los precios de los servicios públicos y en varios precios controlados); stocks de deudas cruzadas en el sector energético y en la relación Nación-Provincias; un sistema jubilatorio quebrado y con compromisos incumplibles, un sistema impositivo “que había que diseñar de nuevo”, y un marco regulatorio anti-competitividad que había mejorado marginalmente en la era Macri, pero que requería fuertes reformas para generar, insisto, más inversión y empleo (las famosas “reformas de fondo” que ningún gobierno encara).

El gobierno de Alberto armó su hoja de ruta, dándole prioridad a la renegociación de la deuda con privados con el apoyo del FMI. Para eso, mantuvo la “ortodoxia” fiscal, anulando la fórmula de movilidad de las jubilaciones para fijar un ajuste por decreto, aumentó la presión impositiva sobre el sector agroexportador e inventó más impuestos para todos y todas, para tener cierto espacio para crecer en el gasto sin empeorar el déficit. A su vez, el Banco Central “re monetizaba” la economía y bajaba fuertemente las tasas de interés, más allá de la inflación esperada. Es decir, un programa en dónde se pensaba que la renegociación de la deuda le daba impulso a la inversión y al crédito privado externo, mientras el Banco Central imponía condiciones monetarias light y sostenía un tipo de cambio oficial evolucionando levemente por debajo de la inflación. Un programa modesto de “precalentamiento” mientras el “pero-kirchnerismo” en el gobierno se fuera aclimatando, postergando el resto de los temas para más adelante.

Pero este supuesto “programa” partía de una construcción de poder de la coalición gobernante, con un accionista mayoritario que tiene una agenda diferente a la del CEO y con dos errores, a mi juicio claves, que iban a influir negativamente en su probabilidad de éxito: uno conceptual y el otro operacional. El conceptual, se vincula con el problema de todos aquéllos que retornan al poder después de un tiempo. Piensan que “todo sigue igual” que cuando lo dejaron, y se vuelven “obsoletos de ideas”. Esta obsolescencia de ideas de Alberto y sus amigos se agrava con el anacronismo negativo propio del kirchnerismo, y con la necesidad de defender “su quinta” (el status quo, para ser fino) de los gobernadores, los dirigentes sindicales, muchos del resto de la política argentina y cierto empresariado. En otras palabras, un país que necesita cambios profundos, utilizando instrumentos para el siglo XXI, con una élite que, en general, reivindica ideas e instrumentos de mediados del siglo XX, o anteriores (esto es tema de libro, no de columna).

El otro error, el operacional, se relaciona con el modelo de gestión. El presidente Fernández se designó a sí mismo Jefe de Gabinete y repitió la estructura radial de manejo que había impuesto el presidente Macri, con varios ministerios encargados de la cuestión económica, coordinados por él mismo, bajo el falso argumento de que “yo de economía sé”.

En síntesis, hasta aquí, la agenda de Alberto, en materia económica, consistía en renegociar exitosamente la deuda, para lo cual era necesario mantener el equilibrio fiscal. Luego, con el impulso de esa renegociación exitosa, y una política monetaria light, lograr reactivar la economía, y encarar, entonces, un acuerdo con el FMI que reforzara las expectativas favorables, mientras el gradualismo se encargaba de recomponer tarifas, con la economía creciendo.

Era un programa extremadamente optimista, que naufragó aún antes de la llegada del COVID, porque el Ministro de Economía tardó demasiado en fracasar en su modelo de negociación de la deuda, porque tampoco, en ese esquema, se presionó para un acuerdo rápido con el FMI, y porque la obsolescencia conceptual, el modelo de gestión, las tasas de interés negativas y la falta de apoyo político del propio oficialismo, incorporaron fuertes ruidos a las decisiones de inversión y consumo. Y llegó la pandemia, que trajo a la superficie los problemas estructurales del estancamiento y las malas políticas: pobreza, hacinamiento, trabajo informal, brecha de educación y tecnología, sumados a los problemas macro, un Estado grande, sin ahorros, sin crédito y sin eficiencia de gestión.

El resto es historia conocida, el Presidente se perdió entre sus filminas, y su Consejo Sanitario, la conducción económica se convirtió en mero administrador de gastos compensatorios del confinamiento, y con el único recurso de las transferencias monetarias. El Banco Central se vio obligado a imitar a la FED o al Banco Central Europeo y se puso a emitir pesos que solo se demandaban por incertidumbre, mientras entregaba dólares que no tenía a ahorristas y a consumidores con tarjetas de crédito en el exterior, y el kirchnerismo se concentró en tratar de salvarse judicialmente. Mientras tanto, la oposición, para mantenerse unida, prefirió “no hacer olas”. Un gran descalabro macroeconómico, un país a la deriva.

Llegó el “pánico” del dólar de casi 200, Cristina mandó su primera carta, y el Gobierno reaccionó. Volvió a cierto orden fiscal, dio por terminado gran parte del gasto COVID, aún antes de la vacuna y la normalidad productiva, dejó de vender dólares, intervino en todos los mercados en los que puede intervenir, aceleró la devaluación del peso contra el dólar oficial, intentó mandar la señal de un nuevo ajuste en las jubilaciones, frustrada en el Senado, y logró, a un alto costo, por cierto, estabilizar momentáneamente la macro.

Dicho de otra manera, el Gobierno, en su primer año, tuvo un problema de ideas, de funcionamiento y de falta de apoyo político, independientemente del COVID, aunque no se puede negar que el COVID, dadas las condiciones iniciales y la forma económica en que se manejó la situación, agravó dramáticamente esta realidad. Mirando hacia el próximo año de Alberto Fernández, los problemas del poder, sumados a los dos temas de fondo, el conceptual (la obsolescencia de ideas) y el operacional (el esquema radical de gestión) estarán presentes.

El escenario electoral seguirá impidiendo un acuerdo político amplio y útil, dentro del oficialismo y con la oposición. Con el COVID de trasfondo, aún vacunados, la recuperación de la economía será más por “normalización” de algunos sectores que por inversión. La precaria estabilidad macro se verá amenazada por el stock de exceso de pesos, pasada la demanda estacional de diciembre y enero, por la brecha cambiaria en torno al 80-100%, por la necesidad de empezar a acomodar los precios regulados y por las presiones pre- electorales. Sólo un acuerdo “potente” con el FMI podría, vacunarnos contra este escenario y permitirnos aprovechar, aunque muy parcialmente, un favorable contexto internacional.

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