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Opinión

Un presidente cada vez más debilitado

OPINIÓN | Alberto Fernández luce desgastado por los problemas de gestión y el asedio constante que recibe desde su propio frente interno.

La centralidad de la política argentina la ocupa Cristina Kirchner. En los papeles, Alberto Fernández es la máxima autoridad. Sin embargo, en términos de poder político, ocupa un lugar de menor importancia relativa y queda desdibujado frente a una agenda que se “cristiniza”. Desgastado por los problemas de su gestión (en especial, aquellos vinculados al plan de vacunación, el manejo económico y la inseguridad) y asediado por las desautorizaciones y reprobaciones constantes que recibe desde el propio frente interno, el presidente Fernández se encuentra cada vez más debilitado. Y esta semana fue particularmente nociva para la autoridad presidencial.

En el acto por el Día de la Memoria celebrado en Las Flores, Cristina Kirchner le envió un duro mensaje al FMI en momentos en los que Martín Guzmán intenta acercar posiciones para negociar un acuerdo: “Con los plazos y con las tasas que se pretenden no solamente es inaceptable, es un problema de que no podemos pagar porque no tenemos la plata” (mención aparte: sugestivo fue el furcio de la locutora durante el acto, al llamar “Presidenta” a la vicemandataria). Contradictoriamente, casi en simultaneo a las palabras de Cristina, el presidente Fernández mantenía un encuentro virtual con el titular del Banco Mundial, David Malpass, a quien le dijo que “Argentina va a honrar sus deudas”. Un país que por momento parece padecer de esquizofrenia.

En primera fila del acto en Las Flores apareció Sergio Berni, quien venía de tener un fuerte cruce con la ministra Sabrina Frederic. Mucho se especuló respecto a la reacción que Berni tuvo con el secretario de Seguridad de la Nación, Eduardo Villalba (un enviado de Frederic durante el caso de la niña M) y el malestar que provocó en Alberto Fernández. Pero los “funcionarios que no funcionan” son los de Alberto, no los de Cristina. Mientras cuente con el respaldo de la vicepresidenta, el cargo de Berni está asegurado.

Más tarde, aparecieron también las palabras de Hebe de Bonafini: “El Presidente y el ministro Guzmán nos estuvieron engañando todo el tiempo”. Aunque se trata una figura controvertida y cuestionada, Hebe de Bonafini es exaltada por el kirchnerismo más puro. Y los dardos que algunos líderes kirchneristas lanzan contra Alberto Fernández son mucho más perjudiciales que aquellos que provienen desde la oposición, porque erosionan su imagen de cara al electorado propio. Las críticas de Hebe de Bonafini pueden perjudicarlo más que las del expresidente Macri.

También en el frente externo el presidente Fernández parece quedar aislado. En la cumbre por los 30 años del Mercosur, el mandatario argentino terminó cruzándose con su par uruguayo, Luis Lacalle Pou, por haber este último planteado que “el Mercosur no puede ser un lastre”. Al margen de este ida y vuelta de palabras, lo cierto es que en el Mercosur se vive un clima de ruptura, con Lacalle Pou, Abdo Benítez y Bolsonaro por un lado y Alberto Fernández por el otro, ya que la Argentina se niega a abordar los cambios en el arancel externo común y las negociaciones con otros bloques. La salida del Grupo de Lima (un símbolo más de la cristinización de la agenda) también podría afectar las relaciones con otros países de la región y con los Estados Unidos.

En la Argentina tenemos una larga historia de presidentes que debieron gobernar en una situación de debilidad. Tanto Arturo Frondizi (1958 – 1962) como Arturo Umberto Illia (1963 – 1966) llegaron al poder ya cargando con ese enflaquecimiento. Frondizi había llegado al poder luego del famoso pacto con Perón para que el voto peronista proscripto se volcara a su favor. Esto le permitió llegar a la presidencia con el 44% de los votos, aunque este fuerte respaldo era solo en apariencia. Illia, por el contrario, llegó al poder apenas con el 25% de los votos, en una elección en la que el voto en blanco obtuvo el 21%. Desde el inicio, ambos carecían de la legitimidad de origen necesaria, en un contexto en el que los factores desestabilizantes eran múltiples.

También a Isabel Perón (1974 – 1976) le tocó asumir el gobierno sin contar con la fortaleza política necesaria, debido a que no contaba con el fuste necesario como para llenar el vacío de poder que había provocado la muerte de Perón. Mucho antes, Juárez Celman (1886 – 1890) fue un presidente debilitado y cuestionado por la lógica interna de su coalición (el Partido Autonomista Nacional). Esa debilidad, conjugada con otras demandas, fue en parte lo que propició la Revolución del Parque en 1890.

Desde el retorno a la Democracia, los casos de Alfonsín (1983 – 1989) y de Fernando De la Rúa (1999 – 2001) exhiben como los cuestionamientos a la autoridad pueden debilitar a un presidente que sí cuenta con legitimidad política, o como un presidente débil puede ser en gran medida la causa para que se desate una crisis de gobernabilidad. Lo primero ocurrió con Raúl Alfonsín, aunque no se trató de un mandatario particularmente fuerte, su legitimidad no estaba puesta en duda. Tal es así que, incluso después de dejar el gobierno anticipadamente en 1989, continuó siendo una figura central de la política argentina y en particular de la UCR.

Sin embargo, los acontecimientos de Semana Santa de 1987 marcaron el rumbo de su presidencia, y a partir de ese momento la gobernabilidad quedó cuestionada. Para De la Rúa fue distinto, llegó al poder como resultado de una coalición heterogénea, sin ni siquiera ser el líder de su partido. Dicha debilidad se profundizó con la renuncia de su vicepresidente Chacho Álvarez en el marco de un escándalo político. El colapso económico junto a debilidad que exhibía De la Rúa terminaron por provocar la crisis de gobernabilidad de 2001.

La debilidad de un presidente no necesariamente provocará una crisis de gobernabilidad. La situación actual en el Frente de Todos es distinta, porque aunque el presidente Fernández se encuentra muy debilitado, quien concentra el poder político, Cristina Kirchner, reside en su gobierno. La situación actual se trata de un rara avis y la historia solo nos demuestra que son múltiples los factores que podrían quebrar este (des)equilibrio político tan particular.

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