La inflación apunta a cerrar el año en torno al 50% este año y no hay señales claras de que el año que viene pueda ser mucho menor. En eso coinciden economistas de todo el arco político y así lo refleja el alza mes a mes de las proyecciones del Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central (REM): 48,5% proyectado por las diez consultoras que mejor pronostican la inflación; y de 40% para 2022.

 

Dos meses atrás, las mismas proyecciones eran del 44,7% y del 39,3% respectivamente, siempre respetando la regla de que la inflación proyectada para este año es más alta que la del venidero, independientemente de lo que la realidad luego termine mostrando. Aunque con un ligero cambio en la tendencia, ahora los mejores pronosticadores son los que dan las proyecciones más altas que las del promedio cuando antes era al revés.

 

Y lo que la evidencia revela es que cada vez la economía está más indexada, los precios cada vez son más altos incluso con relativa calma cambiaria y tarifaria; y la inflación -aunque se modere- no encuentra caminos hacia un movimiento de los precios debajo de 3% mensual en los próximos dos meses. Recién en agosto podría bajar a 2,8% partiendo del 3,6% estimado para mayo.

Para millennials y centennials que nacieron con el tipo de cambio fijo y luego de la devaluación de 2002 vieron una década de estabilidad cambiaria con recuperación del nivel de actividad, la creciente inflación pasó de ser una anomalía a una fuente de incertidumbre y angustia; mientras que para sus padres es más bien la desilusión de estar viviendo otra vez como hace cuatro décadas atrás.

 

“Esto es como los ’80, otra vez. Un régimen de mayor inflación en el que el Banco Central sigue de atrás a los precios y no hay señales de una decisión de política macroeconómica consistente antiinflacionaria del Banco Central respaldada políticamente por el Ministerio de Economía. Pero incluso es peor, porque en los años ’80 la decisión de tomar una medida que podía ser recesiva pero de corto plazo y soportable (o si dejar correr los precios y que la corrección la hiciera una hiperinflación con una recesión más larga y dolorosa) era con la pobreza debajo del 10% y hoy es con la pobreza rumbo al 50%”, resumió a LPO el economista y profesor de la USAL, Héctor Rubini.

 

Las pinceladas setentistas de la macroeconomía se fueron acumulando en los últimos años con contratos atados a la inflación con revisiones cada vez más próximas, la renovación de tasas de Lebacs a siete días de Sturzenegger, el dólar como eterna moneda de referencia para créditos e inversiones; más recientemente el regreso de la referencia a un “IPC descarnado” como el de Martínez de Hoz, y las recetas del FMI, entre otras. Aunque también cabe recordar que en los ‘70 y comienzos de los ‘80, la inflación se ubicó más cerca del 200% anual que del 50%, antes de desembocar en hiperinflaciones.

 

Los contextos internacionales también difieren. En los setenta y los ochenta la inflación era un mal pandémico que podía verse en países desarrollados como en países en vías de desarrollo. Hoy es un problema endémico que se circunscribe dentro de las fronteras de Venezuela, Argentina, Sudán del Sur y otro puñado de países. Cuando Argentina proyecta 48,5% de inflación para 2021, Uruguay -que también exporta carne y soja e importa combustibles a precios internacionales- maneja como proyección 7,02% anual para este año y viene del 9,41% el año pasado, el mayor valor en cinco años.

 

“El ajuste monetario vendrá igual cuando tengamos hiperinflación como Venezuela. Pasó en los ’80 cuando también se hablaba de la puja distributiva y los acuerdos de precios y salarios y estas pavadas y los mismos radicales en abril-mayo de1989 negaban la existencia de hiperinflación casi a los gritos. Tarde o temprano se termina en eso: esta vez puede ser como en Venezuela y durar 4 a 10 años o como en Zimbabwe”, explicó Rubini.

 

El dilema de la estabilización macroeconómica es que tiene en la inflación a su más fiel aliada. La inflación licua salarios, jubilaciones, todos los gastos corrientes y algunas deudas en pesos. Por eso, en 2018 el plan económico de Dujovne de reducción del déficit no era compatible con ninguna meta de inflación de Struzenengger. Para cumplir con la reducción de déficit Dujovne sí o sí necesitaba que la inflación hiciera el ajuste que él desde la política no tenía cómo. La trampa de Dujovne también explica buena parte de la consolidación fiscal que mostró Guzmán en los primeros cuatro meses del año y que el mismo ministro se cuida de vender como un logro. La misma indexación de salarios y jubilaciones en los próximos meses va a comerse parte de la licuación que achicó el déficit a comienzos de este año, adelantó Domingo Cavallo.

 

A diferencia del gobierno anterior, Guzmán insiste en que el ajuste no puede hacerse de golpe y el Banco Central lo secunda administrando tasas altas y reservas escasas. Pero la emisión por las Leliqs no cede y el Banco Central no genera reservas internacionales al 45,44% efectivo anual en su activo para compensar y estabilizar el ritmo al que crecen las Leliqs y eso genera más presión sobre las expectativas de inflación.

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El kirchnerismo es consciente de que la inflación se escapó de lo presupuestado, pero consideran que el régimen de alta inflación no es nuevo y, además confían que el año que viene las materias primas no van a dar saltos como los de este año que descompaginaron los esfuerzos del Gobierno por contener los precios. En este sentido, el economista Sergio Chouza recordó que en agosto del año pasado cuando se empezó a elaborar el Presupuesto de este año, se lo hizo con la dinámica de desinflación que se tenía hasta la fecha y no con la que se ve ahora de altos precios internacionales, que hace “casi imposible el cumplimiento” del 29% de Guzmán.

 

“Más allá de los umbrales de cuál porcentaje hace que sea moderado o alta o baja que es más para la academia, hace más de una década que el país viene con una inflación de moderada a alta y más allá del número si 45% o 60%, el alboroto en la cabeza de la gente de no saber cuánto valen las cosas es más o menos el mismo, el efecto en este sentido es el mismo. Y si bien no veo que la inflación pueda subir hacia el 70%, no deja de ser un paso atrás que este año vaya a dar más alto que el anterior y que se rompa la dinámica desinflacionaria. Aunque hubiese sido solo bajar del 36,6% al 35,9% e ir de a pasitos de bebé, no tener una marcha atrás en el proceso de desinflación hubiese sido deseable para la credibilidad del proceso de coordinación de medidas tendientes a bajar la inflación, precios y salarios del Ministerio de Economía, la política cambiaria y tarifaria, la política fiscal prudente”, explicó Chouza a LPO.

 

“Para mí habrá que complementar por el lado del ingreso con política salarial y de transferencia para una inflación más alta. Estamos lejos de una inflación de modera a baja, me parece que -a título personal lo digo- la única forma de romper con esta inercia es ir gradualmente, de a poco, sin creer que porque un año subió el otro va a subir, ni que porque uno bajó el otro sí o sí va a bajar y cualquier marcha atrás inmediatamente es un fracaso del programa y hay que barajar y dar de nuevo. Lo relevante es evitar procesos abruptos, disruptivos, y entender que bajar desde niveles tan altos va a llevar tiempo, pero se va a lograr en la medida en que se vayan acomodando las variables macroeconómicas. Mientras tanto, también complementar con políticas de control para evitar avivadas en la formación de precios de algunos productos”, concluyó.

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El problema de dar aumentos de salarios del 40% cuando hay déficit es que implica que el Tesoro tenga o bien que encontrar la manera de recaudar más o bien endeudarse para conseguir quién le financie el pago de salarios más altos, o bien volver a pedirle al Banco Centra l que emita dinero para pagar, dinero que luego el Banco Central va a terminar remunerando con Leliqs al 45,44% efectivo anual.

 

Y mientras en el Gobierno creen que va a ser factible sostener la recomposición de los ingresos y se puede entrar en un ciclo virtuoso de recuperación del poder adquisitivo y del nivel de recaudación, para otros esta expresión de buenos deseos tiene un final anunciado.

“Estamos ya al borde de una alta inflación. Y con más del 5% mensual o 8% de forma sostenida van a quedar las pymes y microempresas hechas trizas si no cambia todo -política fiscal, comercial, regulatoria, laboral, etcétera-. Estamos mal y nadie quiere perder, en especial los políticos que viven como bacanes incluso los que se hacen los populistas. E incluso más complicados que en los ‘80 porque no hay líderes políticos para coordinar expectativas como un Menem o un Alfonsín o un Manzano o un Jaroslavsky; y tampoco economistas con equipo. A mayor inflación inicial a bajar, mayor es el costo recesivo y es inevitable, pero a mayor aceleración, podés ir a una híper y también tiene costo recesivo duro y empobrecedor. Sin decisión política, la transición hacia una inflación más alta va a ser empobrecedora hasta que se convenzan de dejarse de pavadas: no se trata de elegir si más recesión o no recesión, sino de elegir una recesión soportable y corta o una larga y aguda”, lamentó Rubini.