Los juguetes sexuales para hombres y mujeres evolucionan de la mano de los avances tecnológicos: en los últimos años se popularizaron una serie de sex toys que interactúan con apps móviles y otros dispositivos más completos, por ejemplo los robots diseñados para el placer sexual. Con apariencia superrealista, algunos modelos imitan la voz humana, hay ejemplares con visión computacional y otros tienen inteligencia artificial que, sumada a sensores, procuran que la interacción emule el vínculo con una persona de carne y hueso.

Más allá del debate ético en torno el placer mecánico, la irrupción de los autómatas en la vida sexual genera una serie de preocupaciones en términos de seguridad. ¿Un robot de esta especie puede ser hackeado y asesinar a su dueño? ¿Deberíamos comenzar a diseñar sistemas que protejan la privacidad y la integridad de los usuarios, también en esos ingenios?

“Estos autómatas pueden pesar más de 90 kilos y son muy fuertes. Una vez que son pirateados, el ciberdelincuente tiene el control total y puede darle instrucciones”, señaló Nick Patterson, profesor de seguridad informática, en declaraciones al Daily Star.

La advertencia es novedosa por el blanco (los robots sexuales) aunque no sorprende a la escena tecnológica: cualquier dispositivo que agregue conectividad se expone a un pirateo. Los cibercriminales no solo apuntan a teléfonos y computadoras, sino que un hackeo también puede intervenir automóviles, cámaras, monopatines, electrodomésticos y cualquier dispositivo conectado.

Pero de acuerdo con Patterson, piratear un robot sexual podría ser más fácil que obtener acceso a una notebook o a un smartphone. “Lo último que querrás es que un hacker tenga el control sobre uno de estos autómatas. Una vez pirateados, podrían usarse para realizar acciones físicas en un escenario ventajoso o para causar daños”, advirtió. Incluso mencionó que el robot podría programarse para agarrar un cuchillo y atacar.

El experto remarcó que los robots sexuales no son diferentes, en ese sentido, a los dispositivos conectados y que también hay que idear soluciones de seguridad para esos artefactos. Previamente, Patterson había anticipado la llegada de los robots a las industrias y a los hogares.

Los “digisexuales”

La movida del placer con robots no se restringe a unos pocos casos. Tal como contamos en esta nota de TN.com.ar, en los últimos diez años esos ingenios dejaron de ser algo raro. Por ejemplo, en Barcelona se inauguró el primer burdel de muñecas sexuales, mientras que diversas empresas en Asia fabrican “robots de consuelo” y facturan hasta 150.000 euros al mes.

En esta imagen vemos a Harmony, la muñeca sexual robótica de la empresa Realbotix.

A medida que las tecnologías sexuales avancen, la adopción de los robots sexuales crecerá y cada vez más personas llegarán a identificarse como ‘digisexuales’. Un aspecto que les llevará a iniciar una intensa conexión con sus compañeros robots”, dijo al respecto Neil Mccarthur, director del Centro de Ética Profesional y Aplicada de la Universidad de Manitoba.

“Las relaciones amoroso/sexuales con objetos de forma humana no es una nueva, desde las clásicas muñecas inflables hasta el proyecto Realbotix, pasando por humanoides de silicona (semimóviles) y figuras sexuadas realizadas con impresoras 3D, existen distintas propuestas tecnológicas que intentan suplantar, por lo menos, una parte de la pareja por un objeto sin alma, sin emociones pero muy obediente (domesticado, dominado a gusto y piaccere del cliente)”, comentó en diálogo con esta publicación el doctor Walter Ghedin, psiquiatra y sexólogo.

Dicho esto, sí hay algo nuevo en esa interacción: a diferencia de las mencionadas relaciones con objetos no humanos, los robots empleados para el placer sexual abren brechas de seguridad a la que, tanto desarrolladores como usuarios, deberán prestar atención.