El economista argentino Jorge Ávila escribió: “La historia argentina me ha convencido de que mientras nuestro país tenga un Banco Central, habrá devaluación y por consiguiente inflación. En vez de nuevos intentos de re-pesificación como los que llevaron a cabo, cada uno en su momento, Alfonso Prat Gay, Axel Kicillof y Federico Sturzenegger, deberíamos sustituir el peso por una moneda de primera clase mundial. En otras palabras, deberíamos dolarizar la economía adoptando en forma unilateral el dólar o el euro como moneda de curso legal”.

En una nota anterior en Infobae: “El innecesario debate sobre la dolarización”, fijé una posición totalmente contraria:

1. “Durante el actual gobierno, la propuesta de dolarización solo podría ser llevada adelante por un nuevo gabinete, con la autorización del máximo poder político, que muchos sospechan, no reside en la Casa Rosada”;

2. “Como esta autorización es de muy improbable ocurrencia, debería descartarse como solución para los próximos tres años”;

3. “Sólo un nuevo gobierno, surgido de la voluntad popular, en la próxima elección, con el mandato claro de realizar todos los cambios que se necesitan para hacer duradera la estabilidad monetaria, podría ser capaz de crear el clima para una dolarización exitosa”, y;

No existe bibliografía ni evidencia empírica que permita encontrar artilugio monetario o cambiario alguno, que sea capaz de borrar de un plumazo décadas de irresponsabilidad por parte de los gobernantes

4. “No existe bibliografía ni evidencia empírica que permita encontrar artilugio monetario o cambiario alguno, que sea capaz de borrar de un plumazo décadas de irresponsabilidad por parte de los gobernantes y silencio cómplice de un sector importante de la sociedad”.

Cruel realidad

Quitar la potestad de emitir dinero fiduciario de las manos de la hasta ahora, irresponsable administración del sector público, implicaría resignarse a que no existen recursos sociales capaces de torcer esta cruel realidad.

El aprendizaje mediante “prueba y error”, debería conducir a que, en el largo plazo, se puedan crear las instituciones que saquen a la economía argentina del largo período de estancamiento en el que se encuentra atrapado.

Sin embargo, en una charla reciente, Jorge Ávila sostuvo con acierto que, “podrían transcurrir décadas y, por qué no, siglos, hasta que seamos capaces de cortar el nudo gordiano que nos impide acceder al círculo virtuoso de inversión y crecimiento genuino, sin inflación”.

Por otra parte, dicho autor ha contribuido, con numerosos trabajos a crear un marco teórico en el cual podría ser fecunda la realización del reemplazo del envilecido peso circulante, por una moneda de reserva internacional.

Jorge Ávila contribuyó con un marco teórico en el cual podría ser fecunda la realización del reemplazo del envilecido peso circulante, por una moneda de reserva internacional

Teóricamente, la eliminación del BCRA, podría realizarse de dos maneras:

1. Adoptando un sistema de convertibilidad. Esto implicaría crear una “Caja de Conversión”. En este marco, el actual ente monetario, conservaría su rol de superintendencia del sistema financiero.

2. Dolarización completasin prestamista de última instancia y con una regla fiscal extrema, que prohíba la existencia de desequilibrios fiscales de carácter permanente. aunque hubiera recursos disponibles para financiarlos.

La propuesta de Jorge Ávila para una dolarización exitosa

La propuesta de Ávila comprende tres pilares irrenunciables y una secuencia de cambios, que enhebran cada uno de ellos, de modo de hacerlos duraderos y de imposible repudio. Las tres iniciativas principales, que deben ser fijadas por ley votadas por el Congreso de la Nación son:

1. La sustitución unilateral del peso, por una moneda de reserva internacional.

2. La desnacionalización de la banca comercial.

3. Tratados de libre comercio con una o varias superpotencias.

Los tratados de libre comercio son claves para consolidar un régimen de dolarización (EFE)
Los tratados de libre comercio son claves para consolidar un régimen de dolarización (EFE)

La dolarización se haría en cuatro etapas. En primer lugar, se convertirían a pesos todos los pasivos monetarios y no monetarios del BCRA. Esto implicaría una fuerte devaluación, ya que el tipo de cambio de conversión resultaría del cociente entre los recursos monetarios, en sentido amplio (incluye leliq y pases), y las reservas internacionales.

En segundo lugar, se canjearían contablemente, todos los depósitos y Letras en pesos, por la nueva moneda de curso legal. También deberían importarse, en esta etapa, billetes y monedas de dólar, de baja denominación, en cantidad suficiente, a fin de asegurar la fluidez de las transacciones comerciales.

En la tercera etapa, se crearía una banca comercial bajo ley extranjera. En un antiguo paper, Ávila (Dolarización sostenible, 2018) llamaba a esta decisión “la importación de instituciones monetarias”. Una bella definición; y destacaba:

“Los bancos extranjeros establecerían en el país sucursales en vez de sociedades anónimas. Las filiales prestarían a clientes residentes y extranjeros sin distinción, servicios de diversificación de riesgos y asegurar el valor de los depósitos. Y sus balances se consolidarían con los de las casas matrices, con el fin de que las eventuales pérdidas de las entidades sean cubiertas por las casas matrices, como en Panamá”.

“Los bancos nacionales, asociados a bancos extranjeros AAA, estarían habilitados para captar depósitos y otorgar préstamos por cuenta y orden de sus socios extranjeros. El objetivo de este arreglo es triple: a) que la banca comercial quede a resguardo de colocaciones forzosas de bonos del gobierno; b) que los bancos extranjeros reemplacen al prestamista de última instancia con fondos propios o con los que obtengan de sus respectivos bancos centrales; c) que el costo de repudio de la legislación bancaria sea alto. Esta organización tendría mayor probabilidad de perdurar y de contribuir a la baja del riesgo argentino”.

Los bancos nacionales, asociados a bancos extranjeros AAA, estarían habilitados para captar depósitos y otorgar préstamos por cuenta y orden de sus socios extranjeros

Una variante, que el autor no menciona, podría incluir la libre competencia de monedas, dólar, libra, euro, etc.

La cuarta y última etapa incluye reformas estructurales, eliminación de tributos distorsivos y tratados de libre comercio con potencias extranjeras.

El primer punto, obedece a la necesidad de generar competitividad para las empresas. Esto permitiría eliminar los reclamos de “atraso cambiario” por parte de los sectores menos eficientes de la economía actual.

Los tratados de libre comercio, por último, podrían ser reemplazados por una apertura unilateral, con progresiva disminución de aranceles, hasta su eliminación. Se requeriría también, por supuesto, quitar todas las barreras para-arancelarias, cupos o prohibiciones que podrían desnaturalizar el nuevo sistema.

Costos y beneficios

Podría considerarse que existe una inusual asimetría entre los costos y beneficios de la atractiva propuesta descripta. Los costos serían pagados por los beneficiarios del status quo, la corporación política, responsable de la administración del sistema monetario actual. En cambio, los beneficios, serían usufructuados por el sector creador de riquezas: trabajadores, comerciantes, productores agropecuarios, industriales, banqueros, etc.

En el régimen actual, dice Jorge Ávila, la existencia de sustitución de monedas, hace que la velocidad de circulación del dinero sea inestable. Esto significa que los cambios de cartera desde la moneda nacional a la de reserva, motivados por causas reales o imaginarias, sean frecuentes, súbitos y masivos, con la consabida secuela de maxidevaluación, fogonazo inflacionario, salida de capitales y recesión (Ávila 2004 y 2015). Por esto afirmamos que la flotación del tipo de cambio es una política peligrosa en nuestro país, concluye.

Los costos serían la pérdida de la “soberanía monetaria” y la eliminación del señoreaje. Esta cruel palabreja proviene de la Edad Feudal. Los monarcas gastaban alegremente y cuando se quedaban sin metal, retiraban compulsivamente todas las piezas y monedas existentes, a fin de “resellarlas”. El no cumplimiento de la obligación implicaba perder la posibilidad de poseer moneda legal y su detección, por parte de los personeros del rey, implicaba confiscación y duros castigos, que podían llegar, incluso, hasta la pena de muerte.

En cada “canje”, la ley, es decir, el porcentaje de metal precioso contenido en las piezas devueltas a sus propietarios era cada vez menor. El oro o la plata se reemplazaban por cobre, estaño, o cualquier otro metal de poco valor. De esta manera, las “porosas manos” del monarca, se quedaban con el “impuesto inflacionario”Cualquier parecido con el régimen monetario y cambiario actual, por supuesto, no es casualidad.

Los beneficios son obvios: disminución de las tasas de interés, que confluirían a un valor cercano a la de los bonos de la tesorería americana, una drástica caída del índice de riesgo país y un potente estímulo a la acumulación de capital productivo.

Como la nueva moneda de curso legal no sería “devaluable”, no habría subas abruptas del precio de los alimentos ni consecuentes saltos de la pobreza

Como la nueva moneda de curso legal no sería “devaluable”, no habría subas abruptas del precio de los alimentos ni consecuentes saltos de la pobreza. La dolarización ayudaría a la estabilidad política.

Por último, pero no por eso menos importante, es el argumento del autor de la iniciativa respecto de la alta improbabilidad del abandono de la nueva normativa. Su alto costo, dice, la torna improbable y hasta imposible de repudiar. La convertibilidad, en cambio puede ser revocada sin pagar un costo demasiado alto. “La dolarización, en cambio, tiene un alto costo de reversión, motivo por el cual la desdolarización es improbable. No hay ejemplos de reversión de una dolarización oficial, de jure o plena”, finaliza Jorge Ávila.

Esta propuesta merece ser estudiada y discutida. Contiene el germen de una Argentina nueva, potente y liberada de todas las amarras que impiden que la libre iniciativa de los ciudadanos fructifique en más y mejores bienes y servicios, que puedan ser disfrutados merced al esfuerzo y el mérito personal. En fin, crecer con trabajo e inversión, dejando atrás la cultura de la dádiva y el prebendarismo, que tanto daño hace al tejido social de la Nación.